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2.06.2007

que no araña el corazón


Una cara de cartón, unos ojos con ojeras,
un cáncer de corazón sin flores por primavera.
Un humo color canela en el pulmón,
una vela en el entierro de una ilusión.

Un avión sin chalecos salvavidas,
una herida olvidada en un rincón,
un callejón con salidas al fracaso,
una maleta perdida en la estación
donde arriba el tren impetuoso de la vida,
y dos lágrimas después
llega mi vagón de poeta con retraso.

Una risa olvidada en el olvido,
un beso ansioso sin labios que besar,
un pesar viejo, borroso y cautivo
que, harto de velar, se va durmiendo
al descubrir que no es tu cuerpo ya mi abrigo,
y que, cansado a veces de soñar
no se para ya a soñar nunca contigo.

Una madera carcomida por el tiempo,
un viento que no ondea en tu bandera,
un poema que no araña el corazón,
la prisión de un amor que padece de sordera.

Un rico muerto con mil penas,
mil venas muertas por un pico,
un circo en el que crecen los enanos...
unas manos que no sienten ni padecen.

Unas veces que hacen las veces de penas,
unos peces que confundo, a veces, con sirenas,
una almena sin dragón y sin princesa,
y esta mesa que no se sienta ya a la mesa
y sirve sólo cenas para uno.

Una luna oculta tras el humo,
una cuna... que queda ya tan lejos,
unos viejos parecidos a nosotros.

La carcajada de un monstruo que vive en el espejo
donde un día estuve yo
y ahora... ya no encuentro mi reflejo.

2.01.2007

adormecido

Adormecido el día se adivina
como una condena tras la bruma,
esta luz traicionera entre tinieblas
que viene a poblar mis preguntas de respuestas,

La noche, borrosa, queda atrás,
escondido su manto bajo el suelo,
con su mentira de estrellas me recuerda
que piso yo en la tierra
y no en el cielo.

A la duda que abrigó la noche
le pone broche el día y la desnuda.
Prefiero acogerme a la mentira y a su enmienda
para que el corazón no sepa nada
y nada entienda.


Porque esta pena renace cada día
y ahogada tengo esta coartada de esgrimirla
me sumo a la agonía porque yacen
muertas las poesías de estas manos
tan cansadas de escribirlas.


Me da la sombra lo que el Sol me quita.
Porque la noche cubre, al fin, y desescombra
las ruinas que la luz dejó en este jardín
donde me sobran
veintidós primaveras tan marchitas.

No es por obvio este dolor más llevadero
ni por largo este insomnio una costumbre.
Por llorar no es este hombre menos hombre,
ni esta boca es menos boca
por no reír y no acordarse de su nombre.

Quiero caminar por anchas calles de ignorancia
y no saber que la risa se extingue y que se muere.
No quiero saber el porqué de este castigo
ni entender por qué mi corazón ya sólo quiere
recordar que nunca estuvo vivo.

Sueños que despiertan en la arena

A los fugitivos de la pena y de la vida,
a esta generación perdida en la generación perdida;
rumiando la desazón de las horas muertas
a las puertas a medio abrir de la ilusión.

Para otros se escribieron estos sueños
que soñamos con viejas alas de cera.
Para algún otro creó Dios la primavera,
porque en la espera larga del invierno
perdí yo a Dios y olvidé a mis dueños.

Ojos cansados de siempre mirar al suelo,
ojos llorando a duelo sin tener donde mirar,
almas rotas que se mueren sin saber donde está el cielo,
barcos que fondean en un puerto sin mar.

Bocas de sonrisas amarradas con cadenas,
penas que crecen en el tiempo como agravios,
sueños que despiertan en la arena,
venas... que no terminan en tus labios.

1.11.2007

Al lado de dolor

Ella era el mal en comprimidos,
la mala leche en polvos, sin sudor.
Una bestia, una calamidad, un error.
¡Era Satán en edición de bolsillo!

El mal genio de mi lámpara de Aladino,
la mala hostia que fui a darme un día
en las piedras que cruzó ella en mi camino.

Era el mal carácter de los viejos,
la mala cara en el espejo,
la lágrima que empaña la mirada,
la pena que me ronda, la madrugada.

La escala sin escalas de Jacob,
la mala sombra del olvido,
la barca de Caronte, a velas y a motor,
mi monte particular de los Olivos,
mi ejecución sin jueces ni testigos.
La noche, el miedo, el terror.

Mi voz en los versos de Sabina,
mi triste canción de cantautor.
La culpable de mi muerte, mi asesina.
El verdugo de mi risa y de mi amor.

Fue el Mal que por bien no vino,
Belcebú con ojos de mujer.
La bruja que robó la primavera,
de entre todas era la peor,
y aún así, de entre todas la primera.

Al final se fue, se marchó
con sus cincuenta cuentas de rosario,
con mi guerra perdida, con su sin razón.

Al final se fue, se marchó
Y, con el tiempo, de ella me quedó
una cruz en mi Calvario
y su foto, en el diccionario...
al lado de dolor.